domingo, 11 de diciembre de 2011

Producción de vino en Chivisivi, La Paz - (Alejandra Pau/Página 7)


La hacienda de Chivisivi huele a fruta. Entre sus arcos y por sus corredores -que muestran pinturas murales y delicados acabados- los franciscanos, un presidente y una familia dedicada a hacer vino y singani escribieron parte de la historia de sus vidas entre sus muros y viñedos. Hoy es una de las pocas propiedades, sino la única, de Sapahaqui que mantiene la misma producción desde hace 100 años.

Se presume que la hacienda de Chivisivi se construyó durante la Colonia y que fue un convento franciscano. En 1840 perteneció al mariscal José Ballivián, en ese momento presidente de Bolivia, mandatario al que se le atribuye, erróneamente, la propiedad de otras haciendas aledañas.

En 1906, la hacienda -que pertenecía a doña Eulalia Criales de Castañeda- fue vendida a Rodolfo Aramayo Zapata, cuyos descendientes continúan siendo sus propietarios.

Un siglo de vino e historia

Imponente y con alrededor de 40 ambientes -compuestos por habitaciones, comedores y salones de fiesta-, la hacienda se levanta en el horizonte a 2.800 metros de altura sobre el nivel del mar.

Rodolfo Aramayo se dedicó exclusivamente a la producción de vino, singani y vinagre, convirtiendo esta actividad en una tradición. Actualmente su nieto, José Luis Aramayo, está a cargo de la hacienda para preservar -aunque con contratiempos- las bodegas y falcas. Además, ha implantado nuevas viñas con nuevas variedades de vid, tanto de mesa como aptas para el vino.

Pocos saben que en sus inicios aquellas 200 hectáreas que tenía la hacienda, y de la que hoy quedan cuatro -tres dedicadas al cultivo y mejoramiento de uva y una donde está asentada la casa-, estaban a cargo de una mujer la mayor parte del tiempo. Se trataba de la esposa de don Rodolfo, María Zapata de Aramayo.

“Una mujer de carácter impetuoso, justo y fuerte”, dice su nieto José Luis, que a los diez años ya trabajaba en el lugar.

Una isla en el desierto

“Antes, todo lo que está a la vista eran viñedos. Hoy todas las plantaciones son de pera, lo único que queda de ellos, como una isla en el desierto, es lo nuestro”, dice José Luis Aramayo desde uno de los balcones de Chivisivi, mientras un aire cálido pasa tranquilo y mueve las hojas de los árboles de ciruelo que rodean la casa.

La misma sensación única se produce en el comedor o en los salones de visita. Se retrocede en el tiempo y parece que en cualquier momento las personas de las fotografías antiguas entrarán por alguna puerta, ataviadas y elegantes, según la moda de principios del siglo XX. Pensar en un museo es inevitable al ver el grueso papel tapiz que cubre los muros, sus tinas o sus camas de madera palo de rosa.

Lo mismo sucede en la oficina principal, donde la computadora no ha llegado. En su lugar aún se utilizan máquinas de escribir. En ese ambiente la aún funcional caja fuerte parece guardar algo más que dinero: historias. Al lado está una máquina cajera ubicada justo al frente de un teléfono antiquísimo que servía para comunicarse a todas las haciendas del área marcando en código morse.

Cosecha y producción artesanal

Fue entre los jardines, viñedos y fiestas de salón que los padres de José Luis Aramayo se enamoraron.

Hace varios años, el actual responsable de la hacienda y los viñedos dejó sus actividades en La Paz para vivir en Chivisivi, lugar en el que de niño aprendió a montar a caballo y explorar los cerros.

Hoy, junto a algunos trabajadores, elabora vino oporto y cabernet souvignon, además de singani. Ambas bebidas se comercializan en ferias bajo la marca Chivisivi.

Según Aramayo, actualmente su vino tipo cabernet es el único que se produce en La Paz.

Todas las bebidas se producen a 2.800 metros de altura.

Los otros productos que elaboran son el vinagre uva y manzana que se venden en los supermercados y tiendas.

Todos ellos se logran de las variedades producidas en la hacienda, seleccionadas de uva blanca como Moscatel de Alejandría, negra (Alfonso Lavalle), Vischoqueña, Moscatel de Hamburgo, Burdeos y las variedades Cabernet Sauvignon.

El agua que interviene en el proceso de riego de los viñedos viaja ocho kilómetros desde el río de Sapahaqui, ya que la zona no cuenta con este recurso.

La producción de vino al año oscila entre 6.000 a 8.000 litros. Con ellos se logran alrededor de 8.000 botellas.

Cerca a los viñedos se habilitaron dos ambientes, donde se pisa la uva a ritmo de música, charla y vino. Luego pasan a las puntallas, donde se almacena el jugo y de ahí a las cubas de roble centenario para su fermentación.

Antes de embotellar, encorchar y etiquetar el vino en forma manual, la bebida pasa un tiempo en los barriles de las bodegas de reposo.

“Aquí todo tiene 100 años o más. Mi sueño en el presente es producir un buen vino y que mi marca esté en el mercado, porque lo que se gana sólo se recupera para volver a completar en ciclo de producción”, confiesa Aramayo.

Desde hace más de 100 años la producción de vino, singani y vinagre ha mantenido la hacienda en pie. Hoy lo sigue haciendo guardando en cada pasillo, mural, puerta antigua, cuba y barril la historia menos conocida de uno de los más antiguos vinos producidos en las alturas de los valles paceños.

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